RUMBO, en mayúsculas.

Por Maleny Díaz Brito

Rumbo. Del español antiguo rumbo que significa cada una de las 32 direcciones de una rosa náutica. Significante Influido por “rombo”, figura que se usaba frecuentemente en la rosa de los vientos para señalar puntos del horizonte. Su variante indoeuropea es rú-mo que significa espacio o lugar.

 

Mayúsculas. Del latín majusculus, un poco más grande, algo mayor. Véase también: magnitud.

 

Mi encuentro con el Programa RUMBO fue inicialmente como simple lectora del formato de proyecto, pues mi primera tarea era realizar un cronograma de trabajo para el equipo de coordinación académica, para lo cual se me encomendó analizar sus implicaciones, identificar objetivos, número de maestros, asesores, tutores, alumnos, universidades, encuentros con personalidades de la vida pública, las visitas a la periferia que se prometerían y que entonces debían realizarse con una logística adecuada.

 

El desarrollo del formato de proyecto original tenía un error gracioso porque a lo largo del texto aparecía la palabra rumbo en mayúsculas. Me dio la impresión de que el texto me estaba explicando su planteamiento y de pronto me gritaba ¡RUMBO!, “¿por qué me grita?”, pensé, y me prometí corregir la ortografía en el archivo digital. “Se entiende RUMBO no como una secuencia programática sino como un recorrido de personas, y no solo como lo formativo ad extra sino como una exigencia que brota desde dentro…” Después del soliloquio, seguí subrayando requisitos, convocatorias, módulos, sesiones formativas… y sin querer me descubrí identificando en qué posición podría desempeñarme de manera que también pudiera estar en la operación y en el acompañamiento de los jóvenes universitarios.

 

Tras entender las enormes expectativas que el programa perseguía; y aún lo hace, decidí levantar la mano y solicitar mi participación como uno de los asistentes operativos que serían parte del equipo de formación.

 

En el planteamiento del proyecto la función se describía como “…capacidades administrativas y de logística. Capacidad para establecer relaciones de trabajo y cooperación con equipos externos. Capacidad de observación para adelantarse a imprevistos. Dominio técnico de audiovisuales.”, lo que me permitiría desempeñarme satisfactoriamente tanto en RUMBO como en las otras tareas propias del trabajo en la oficina.

 

Pronto comenzamos a generar una cantidad incalculable de documentos, propuestas, presentaciones, contratos, mails, minutas, formularios, posters, infografías y todos los insumos necesarios para el desarrollo del proyecto que adquirieron la personalidad de las letras primigenias, es decir, todos los insumos seguían gritando, Programa… ¡RUMBO!

 

Puedo decir que no solo los insumos de trabajo los que gritaban ¡RUMBO!, son los jóvenes universitarios que alzaron la voz, hablaron claro en las entrevistas de ingreso manifestándose a favor de cambiar las cosas en beneficio de nuestro país, destacaron sus preocupaciones por las problemáticas sociales y dijeron que querían aprender a liderar proyectos de incidencia social o en políticas públicas para lograr el bien común. Exigieron RUMBO, levantaron la mano; como yo, y zarparon en este viaje con la esperanza de cambiar el mundo.

 

Algunos de ellos me impactaron con sus éxitos académicos y profesionales a tan corta edad, sin duda sorprendieron también al equipo de coordinación académica; sin embargo, lo más loable de los jóvenes que aún están en el proyecto es su compromiso en la permanencia y disposición por enfrentarse a sí mismos, a las problemáticas que derivan de trabajar en equipo, así como el enorme reto de investigar, monitorear medios de comunicación, cabildear, asistir a foros, a las visitas de periferia y a los encuentros.

 

Esta aventura también tuvo desencuentros, una vez que se conformaron los equipos para el desarrollo del proyecto de incidencia, muchos integrantes perdieron interés, demostraron lo difícil que es poner en suspenso lo individual como criterio último y optar por el trabajo multidisciplinario y colaborativo.

 

A la mitad del camino, algunos decentemente se despidieron dando las gracias, otros simplemente desaparecieron. Pero otros se quedaron. Continuaron. Se quedaron con sus compañeros. Encontraron una vocación. Se quedaron trabajando hasta tarde. Se entregaron al servicio a favor de quién más lo necesita. ¡Se quedaron en mi vida!

 

Ser parte de RUMBO, supone malabarear entre tiempos y horarios, pedir permisos, subir, bajar, correr, encargar a los hijos con alguien, gastar, incluso rebelarse mediante inasistencias a sus estudios o empleos; por eso me encuentro de formas distintas en cada uno de ellos, porque el primer grito de aquellos jóvenes que continuaron es: ¡RUMBO!

 

¡RUMBO! como la frase que inspira, como un grito de guerra contra lo injusto, como el llamado para alentar a otros a unirse a la acción y la responsabilidad social.  Así, un grito más alto y fuerte son sus propuestas, entendidas como las luchas para resolver las problemáticas planteadas en sus proyectos de incidencia.

 

No fue un error ortográfico, este camino guiado por encuentros individuales y grupales busca algo mayúsculo, más grande, expandirse. Ahora entiendo, que así es como se escribió, se vive y deberá conservarse hasta la última generación del programa, porque se llama: RUMBO, en mayúsculas.

 

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