Esas ventanas a las que llamamos ojos

Por Marco A. Escudero Lores

 

Mientras yo comienzo a escribir esta reflexión, una de mis hijas, de apenas 8 años, duerme plácidamente en nuestra cama, uno de sus lugares preferidos para sentirse segura y en paz. Y eso hace particularmente especial este momento de mi escritura.

 

Ya son cuatro veces que he recorrido el trayecto para llegar al Centro de Día de Proniños.

 

 

La visita comienza con una explicación de la Misión de Proniños, que en palabras cortas, consiste en atender de forma personalizada a niños que viven en la calle y proponerles un estilo de vida diferente, mejor. Después pasamos al desayunador donde ya están los chavos sentados a la mesa.

 

Ahí viene el Primer Encuentro con sus miradas… las miradas de estos niños que te observan, que tratan de descifrar para sus adentros ¿quiénes somos? ¿qué hacemos ahí? Y que intentan descubrir si hay algo en nosotros que pueda dar indicios para abrirse a la confianza.

 

Dicen que los ojos son las ventanas del alma… En el caso de estos niños, esas ventanas tienen -agregadas quizá por la vida que han tenido- como una especie de “persianas”, tal vez, para decirte que necesitas pedir permiso para poder mirar lo que guardan dentro: historias de soledad, de abandono, de sufrimiento. Historias de distancias muy largas que han tenido que recorrer buscando una respuesta.

 

Poco a poco, con preguntas, chistes, anécdotas y sobre todo con una presencia cálida, las diferentes historias -las de ellos y nosotros- se empiezan a encontrar. Como si comenzara a surgir una especie de “magia” que provoca que ya no seamos tan extraños para ellos.

 

Como es propio de los niños, su corazón se abre a esa particular confianza y empiezan a platicar de sus sueños y aspiraciones: el que quiere llegar a ser doctor; otro será un youtuber famoso con canales de viajes y tecnología; o el que quiere ser panadero y hacer el mejor pan para que lo disfrute la gente. ¡O el que quiere pintar el mundo con colores diferentes!

 

 

Y así, las risas aparecen ya no sólo en los niños, sino también en nosotros, en los Jóvenes Rumbo a quienes la experiencia toca sus vidas y corazones. Esto hace que cada visita sea única. En palabras de algunos Jóvenes Rumbo:

“Visita inspiradora, porque ves con hechos que alguien logra una transformación, una diferencia real” Frida

“Rebasó mis expectativas… aquí me he sentido muy enriquecida. Me contagiaron su alegría. Y me pregunto: ¿Qué estoy haciendo yo para cambiar todo esto?” Liz

 

Durante mi cuarta visita, David -colaborador de Proniños, que además es un gran tipo-, sugirió una actividad recreativa: un concurso de dibujo. Para ello, se debía escoger uno de los tres grandes temas: autorretrato, diversidad y cómo me gustaría que sea México cuando yo sea grande. Por unanimidad se escogió autorretrato. En ese momento para nosotros, los visitantes, el tiempo de la visita se había agotado.

 

Teníamos que regresar “a nuestro mundo”, sin embargo, esa actividad del autorretrato seguía haciendo eco en mi mente: “¿Qué pasaba si la hacíamos por nuestra cuenta?” lancé el reto a los Jóvenes Rumbo que ahí tenía frente a mí. Pero también podría invitarte a ti, estimado lector: ¿Qué sería si en este momento te decides a hacer tu “autorretrato”? ¿Qué dibujarías en él? … O si es con palabras:

 

  • ¿Qué escribirías de ti?
  • ¿Cómo sería la mirada de tu autorretrato?
  • ¿Qué pasa si lo miras ya que lo has terminado?
  • O quizá debería preguntarte ¿Lo has podido terminar?

 

Yo, por mi parte, prefiero dejarlo inconcluso, inacabado… porque creo que aún me quedan varias cosas por transformar y mejorar en mi vida, con la mirada puesta en quien nos necesita.

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