La última resignación

Por Edgar Zavaleta Pastor

 

Quizá la resignación que a nadie se le da a elegir, pero que a todos con consciencia se les obliga a aceptar, es que todo lo hecho está escrito en piedra, en el pasado, y hay que lidiar con ello en el presente. No podemos cambiar el pasado. 

 

Sin duda, suena bastante simple, incluso tonto. No nos referiremos a ello, ni tampoco intentamos sonar como los eruditos creadores de sistemas explicativos y especulativos del cosmos, del mundo, sino a manera de aproximación nos referimos al contacto actual y permanente de la consciencia con los hechos escritos en piedra; es decir, al desdoblamiento y retraimiento de la consciencia realizado por la configuración del presente a partir del pasado. La última resignación sucede cuando estamos en contacto desnudo, frente a frente contigo mismo, con esta configuración.

 

La resignación no debe ser entendida en el sentido teológico, sino etimológico. Por más modernos que nos creamos —con la pretensión de nuestra construcción total de la realidad—, y por más que esté en voga en nuestros días viajar al pasado para reconfigurar nuestro presente, tenemos que tener el talante para admitir que en nuestras más mínimas acciones hay implicaciones con las que no podremos lidiar y que sólo hay una oportunidad para hacerlas. 

 

Todos conocemos la historia de un padre que no llegó al festival para el que su hijo se había preparado meses, y cada uno tuvo que lidiar con eso como pudo. Estimado lector, dése cuenta: usted no podrá recuperar los segundos que ha pasado leyendo este escrito, ni podrá siquiera volver a leerlo como leyó. Y tendrá que hacerse hacerse cargo de ello.

 

Sin duda, podría no importarle todo lo anterior. Podría acabar echando este escrito al bote de basura —¡enhorabuena!—; pero con lo que no puede acabar —o debería de importarle— es con su actuar en este instante y las consecuencias de éste, ya sean éxitos o fracasos, derrotas o victorias. En el hecho, considere: ¿qué causas determinaron su fracaso en su última meta? 

 

Ya los viejos del portón decían que pocos recuerdan con claridad el momento de la victoria; uno anda muy aturdido. No así con los fracasos. Uno recuerda detalles porque se quiere saber qué pasó para que eso aconteciera. E incluso más, ¿ya permitió que su consciencia se desdoblara para asimilar ese fracaso? Uno puede andar sin darse cuenta de ello —y muchos han muerto así—, hasta que ciertas condiciones lo obligan a aceptarlas, a tomar consciencia y conciencia de ellas. Uno al enfrentarlas, se enfrenta a sí mismo. 

 

La cachetada concientizadora le llega a cada individuo. A partir de ella, cada hombre se hace cargo de sí y del otro, de lo otro. He ahí otra resignación que se ha de aceptar. Y como dijera un alemán del siglo XIX (gustoso de hablar del Absoluto), pareciera que las cachetadas concientizadoras nos llegan en cadena. 

 

 

A partir de la primera, uno se da cuenta de otra cuestión o de la misma de maneras diferentes. Pum. Pam. Pum. La consciencia se desdobla. Un día la exposición de cierto tema difícil, ya no lo es. Ya no parece fracaso. Un día conoces a aquella persona con la que experimentas todas esas patrañas que habías leído sobre el amor a primera vista. Te sientes el hombre más afortunado; sientes que la diosa Fortuna es tu ángel de la guarda. Un día comprendes a cabalidad al oscuro Hegel, más bien nunca… Hay cosas con las que ni los mismísimos dioses te pueden ayudar. Lo que es cierto es que uno nunca acaba de acostumbrarse. Usted no lo sabe, pero estas reflexiones —con las que espero no haberlo dormido hasta ahora—, han sido en extremo importantes en mi vida. Antes lo habían sido, aunque no como lo son ahora.

 

Hace más de un año fui aceptado para pertenecer a la primer generación del programa Rumbo. Rumbo es el primer programa —auspiciado por Early Institute, un think tank bastante interesante, comprometido y bien relacionado, a decir verdad— en la FES Acatlán que tiene como propósito educar y apoyar a los próximos líderes mexicanos de ciertas licenciaturas

 

Durante todo ese año he tenido diversas experiencias que me han hecho concientizar hechos, circunstancias, como yo no pensé que lo llegase a realizar. En las sesiones formativas del programa fuimos exhortados por Mario Arroyo, el de convicciones de diamante, a ser congruentes entre lo que pensamos y hacemos, así como a proyectar más en grande, a no resignarnos ante las circunstancias o a resignarnos a conciencia. 

 

Del mismo modo, Vianey Esquinca, de palabras algodonadas, nos incitó a ser objetivos en todos nuestros proyectos o metas, para que sean realizables y así sólo haya una nimia decepción. Si quieres cambiar al mundo, hay que ir paso a paso. 

 

Por su cuenta, el maestro Cristian Acosta —con sus divertidos juegos homéricos— nos indicó la importancia entre el ver, juzgar y actuar —conceptos capitales en la formación de cada individuo. Lo anterior es sólo una pequeña, cuasi exánime, muestra de todo que lo que nos han aconsejado todas las interesantes personas que nos hemos encontrado en este viaje.

 

A pesar de lo previo, si usted me preguntará: ¿cuál ha sido la experiencia que más recuerdas —siéntase esta palabra según el étimo— en todo este tiempo de ser parte de Rumbo? Sin temor al equivoco, diría que fue haber ido a la Radio UAM a presentar Rumbo en vivo, en compañía del maestro Cristian y, mi compañera de equipo y una mujer de corazón sincero y sonrisa diáfana, Jocelyn Rosiles. 

 

 

No pienso dejar de lado el resto de las enseñanzas aprendidas durante el año y meses del programa, sino asumir que la experiencia de la radio fue vitalísima porque me enfrentó conmigo mismo, como cuando te ves al espejo y observas un diente chueco que no te agrada o como cuando vuelves a leer un texto que escribiste en algún momento previo, de manera muy visceral. 

 

Hubo un encuentro —entiéndase esta palabra según el étimo— conmigo mismo: de las sonrisas cervantinas y los lamentos isabelinos, lo que uno oculta y lo que uno exhibe con ostento, de lo agradable y desagradable. A la hora que uno es llamado a actuar, uno está solo, si acaso con su daimon. Uno solo está llamado tomar consciencia de sí; no de nadie.

 

Quizá la buena escritura es reflexiva. Se escribe algo, se lee; se corrige, se vuelve a leer; se vuelve corregir. Y así hasta que uno acaba los textos, antes de que acaben con uno. La radio en vivo no es reflexiva; no te permite el corregirte ni en el más mínimo de sus momentos y, a veces, no te posibilita ni escucharte. Aquello que dices (las palabras que uses), cómo lo dices (el tono en que lo hagas), para qué lo dices (la finalidad usada) quedó ahí, sentenciado. Si se usaron muchas muletillas, quedó ahí; si te quedaste callado por la paralización de los nervios, quedó ahí; si se expuso cierta palabra en vez de otra (un acto fallido), quedó ahí. Aquello enunciado quedará grabado para la eternidad o hasta que los audios se pierdan (lo cual se espera que ocurra pronto, sino se es Demóstenes u Obama).

 

No soy Demóstenes, ni Obama. Soy el hijo de una madre inalcanzable, que me enseñó desde muy pequeño la importancia del trabajo duro y del intento por realizar lo que se hace como si fuese creación del de arriba. No soy ni muy alto, ni muy chaparro. Mi peinado es despeinado la mayoría del tiempo. Me calma bañarme, desayunar y escuchar a Slayer. Y hasta hace poco era estudiante; soy egresado. 

 

Un día a finales del semestre escolar pasado, mientras trabaja en esos últimos ensayos de la licenciatura y revisaba unas cuestiones del proyecto que realizo junto a Jocelyn en Rumbo, me llamaron por teléfono para preguntarme si querría ser entrevistado en el programa radiofónico “Las horas de vuelo”, conducido por Obdulia Cruz y Laura Martínez, al lado de mi compañera y del profesor Cristian. A pesar de los martirios escolares que implican el fin de semestre, y tras separar la bocina del teléfono de mi boca para aclararme la garganta y así el dar tono más carmenaristeguiniano posible, acepté. No sabía en qué me metí.

 

— Mañana a las 4 será el primer y el segundo ensayo por teléfono— sentenció la voz al otro lado de la bocina.

 

Jocelyn, una mujer de estatura prometedora, risos claros de resorte hidráulico y una voz de profesora joven y comprensiva de prepa, me llamó para preguntarme de inmediato si sabía la buena nueva. Le dije que si. Qué nervios, me dijo Jocelyn. Cómo te sientes, me cuestionó. Relajado, relajado, relajado, le respondí con mi nueva voz de persona comprometida con la verdad y fresca en las mañanas. Ya sabes qué vas a decir, me preguntó. No supe qué contestarle. Qué nervios, me dije a mi mismo con mi voz habitual de personaje cómico de película mexicana de los años 50. Qué gran responsabilidad ética, moral, social y política tener un auditorio y, más aún, insisto, que tus palabras queden selladas. El contacto desnudo con la última resignación.

 

— Ya estoy listo. Hablamos mañana en el ensayo— le dije subrepticiamente a Jocelyn—. Colgamos.

 

Un cosquilleo en las manos comenzó a apoderarse de mí, pero decidí calmarlo con trabajo; ocuparme en lo que diría, en la centralidad de mi persona. Sin focalizarme en un inicio tanto en el cómo y el dónde, suspendí todo para ponerme a estudiar el qué diría. La entrevista sería sobre aspectos generales del programa Rumbo (motivaciones personales, clases formativas, visitas a periferias de realidad y encuentros con personalidades) y sobre el proyecto que estamos realizando a partir de dichos puntos. Lo repasé todo parte por parte. Luego, me paré frente al espejo del baño; volví a afinar mi voz al tono carmenaristeguiniano y me plantée posibles cuestionamientos de, y respuestas a, Obdulia y Laura. “Gracias, Obdulia, tu cuestionamiento me parece de una importancia vital”. “Qué anotación tan más pertinente, Laura”. Y practiqué hasta unos chascarrillos. “En el programa rumbeamos, pero sí que vamos con Rumbo”. Me sentía listo. No volví a pensar en ello y tuve un sueño profundo.

 

La hora del primer ensayo por teléfono llegó; sería con el profesor Cristian. Él la haría de presentador y de profesor Cristian. Jocelyn sería ella y yo sería yo. Minutos después sería el segundo ensayo con Cuadrante, una agencia de comunicación dirigida por Vianey Esquinca, la de palabras algodonadas. El profesor Cristian, abogado de peinado inmaculado, estatura elevada al promedio mexicano y con voz de Woody Allen mesurado, nos mencionó el tiempo aproximado de la entrevista, el tipo de preguntas y la importancia del tiempo en radio; es decir, su parecido al conejo de Alicia: siempre apurado y limitado.

 

El profesor nos hizo un ensayo seco y duro, casi interrogatorio, cargado de preguntas que requerían una respuesta concisa y rápida. Además, alternaba su tono de voz entre el suyo al hablar por él y el del presentador al realizar las preguntas, y éste último lo hizo como si fuera un presentador ajado y de salida. “¿Cuánto tiempo llevan en Rumbo? ¿Cuántas carreras hay inscritas? ¿Cuántas visitas a realidades de periferia han hecho? ¿Cuántas etapas fueron en el proceso de admisión al programa? ¿Cuántas bajas hubo en la batalla de Waterloo?” “¿Quiénes son tus fuentes historiográficas? ¿Cuál es el diámetro exacto de la tierra?”. A pesar de mi repaso el día anterior, no tenía, ni había pensado esa clase de especificaciones técnicas. El profesor nos dio las respuestas con su tono de voz habitual. Fue grato contar con esos datos. Ahora sí me sentía más relajado.

 

El ensayo con Cuadrante fue muy diferente. Las preguntas fueron más laxas. El profesor Cristian volvió a ser él, Jocelyn y yo seguimos igual. Las personas de Cuadrante serían los entrevistadores y emitían una voz cálida e interesada: “Buenos días, apreciable auditorio, en esta ocasión nos acompañan Cristian, Jocelyn y Edgar, del programa Rumbo. Cuéntenos. ¿Qué es Rumbo?” Y siguieron ese tono. “¿Por qué decidiste integrarte?” “¿Cómo te enteraste de la convocatoria?” “¿Qué actividades han realizado en el programa?” “ ¿Sobre qué va su proyecto? Además, los falsos entrevistadores concluyeron pidiéndonos una reflexión de quince segundos. Quizá esto último fue lo más difícil. La entrevista preparatoria duró quince minutos. Al final, nos dijeron que lo habíamos hecho excelente, que no nos pusiéramos nerviosos, que Obdulia y Laura eran muy amables, que ellos nos apoyarían en todo instante y que mañana nos veríamos afuera de la cabina. Ni por un momento aconteció en mi mente algún resquicio de la resignación relatada con anterioridad. Me sentía como Demóstenes contra Filipo, contra Neera, contra Eubilides.

 

 

Llegó el día. Todas las reflexiones con las que los abrumé al inicio de este escrito me llegaron de golpe apenas levanté la cabeza de la almohada. No bromeo, ni exagero. Me sentí abrumado. No me calmó ni el bañarme, ni el desayunar; pero sí un poco escuchar a Slayer. Por Slayer fue que llegar a radio UAM fue martirio soportable. Imaginando escenarios, consideré que lo haría tan desastroso que me daría un ataque de ansiedad en plena entrevista. Prefería salirme de la cabina a que me diera el ataque y se me pudiese tergiversar. O me quedaría ahí, catatónico, sin decir algo, o que si lo hacía, sería catastrófico —comparado al desastre que ocasionó el meteorito que acabó con los dinosaurios—. Sí, mi intervención sería tan desafortunada que acabaría como los dinosaurios. 

 

Poco me importó que mi voz sonase, o no, como la de personaje cómico de película mexicana de los años 50. Antes de encontrarme con el profesor y Jocelyn, caminé. Reflexioné la situación. Concluí que era manejable. Había que tomarlo con calma. Y escuché a Slayer en todo momento.

 

Al encontrarme con el profesor y Jocelyn, me preguntaron si estaba listo. Intentando no alarmarlos, y tras la terapia sangra-oídos de Slayer, les respondí que lo estaba. Entramos a la UAM. Llegamos a la cabina. La cabina de radio era pequeña, con una mesa ovalada. Obdulia y Laura estaban sentadas cada una, frente a sí, en el ecuador del óvalo. La iluminación era cálida y en la pared había pantallas y relojes con números verdosos que marcaban cada que pasaba un segundo.

 

Obdulia y Laura salieron de la cabina a saludar. Laura tiene el cabello largo y suelto, una altura que te hace sentir que es dueña de la situación y una voz que parece no desperdiciar ni una sola sílaba. Obdulia es castaña y de cabello un poco quebrado; de estatura que daba la impresión de haber sido de las que estuvieron hasta atrás en la filas que se armaban en las ceremonias de la primaria y voz que te hace entrar en confianza apenas pronuncia la primer sílaba. Nos preguntaron por el viaje hasta allá, comentaron que ellas nos avisarían y nos sugirieron esperar en los sillones que estaban afuera de la cabina.

 

Nos sentamos. Escuchamos a Obdulia y Laura desde ahí. Noté que jugaban una suerte del papel del policía malo y el bueno. Laura era más seria, en tanto que Obdulia es más jovial. Nos pidieron entrar. Yo me senté al lado de Jocelyn y al lado de Laura. El profesor tomó asiento al lado de Obdulia. Nos dijeron que el tiempo de la entrevista se expandiría y que sólo harían preguntas generales sobre el programa, además de nuestras motivaciones y actividades en el mismo. Jocelyn yo nos miramos con nervios. Regresamos de comerciales. Antes de comenzar la entrevista se escuchó un cintillo.

 

— Las ideas aquí expresadas son responsabilidad de sus autores y no reflejan los puntos de vista… — La entrevista comenzó.

 

La universidad es como aprender a andar en bici. En cierta zona controlada en demasía, te enseñan conocimiento teórico y práctico para la vida adulta, así como el padre, la madre, el hermano te enseñan a andar en la bici en el parque o en una calle tranquila —casi sin autos. Uno, cuando sale a las calles plagadas de autos, sin más se encuentra solo frente a eso que llaman vida adulta: conductores erísticos, condiciones laborales feudales, calles ampuladas y jefes mesiánicos. Por un lado, uno se puede quedar andando en bici en su calle y parque o puedes recorrer el mundo. Por otro, uno nunca está listo para andar en bici en la calle. Y ahí estaba, listo para recorrer el mundo, listo hablar en público en radio transmitida a todo el mundo, a la posteridad cual Demóstenes u Obama. 

 

Sí, me recuerdo con claridad. Ahí estaba yo, obnubilado por los pesares de la almohada. Ahí estaba yo, sudando sin dejar de mover los pies, sin dejar de moverme de un lado a otro. Ahí estaba, mirando cómo el profesor Cristian parecía Demóstenes tropical. Ahí estaba, escuchando la primer pregunta de Laura dirigida a mí. Ahí me veo mirando al vacío e intentando articular un discurso. Ahí estaba, viendo el reloj, preguntándome si me estarían escuchando mi madre y los amigos, qué estarían pensando. Ahí estaba yo, ante el segundo cuestionamiento dirigido hacia mí, cometiendo abuso —casi un crimen— del uso de muletillas, sintiendo que me andaba por las ramas en cada respuesta y cambiando el tono de mi voz cada cuatro palabras.

 

Ni una sólo vez usé mi tono carmenaristeguiniano, ni una sola. Ahí estaba pasando una crisis existencial, que no se le pudo haber ocurrido ni al mismísimo pontífice del existencialismo, Jean Paul Sartre. Ahí estaba fallando, a pesar de la preparación múltiple y del apoyo de Obdulia y Laura; fracasando a sabiendas de que no sería capaz remediar —como en la escritura— lo que dije, ni cómo, ni para qué lo dije; ahí estaba encontrándome cara a cara frente a la última resignación. Ahí estaba yo, en tierra en plena hora de vuelo, como el maestro Demóstenes dando su primer discurso en el ágora de la Grecia antigua. Ahí estuve…

 

Todo acto que realizamos queda determinado al momento de concretarse. Digámoslo claro. Mi última toma de consciencia de que mi actuar no podrá ser cambiado y, por tanto, tendré que vivir con las consecuencias fue mi fracaso en la radio, mi última resignación.

 

Aunque, ahora estoy tan resignado a resignarme, que acaso todo acto sea mi última resignación; claro, sin nunca acabar de acostumbrarme. Pero tú, estimado lector, ¿te has resignado? Va de nuevo, ¿tú en serio te has resignado? Recuerda que ya no podrás recuperar los minutos que pasaste leyendo este escrito, ni podrás siquiera volver a leerlo como lo leíste, así como el padre le falló a su hijo al no ir a su festival. 

 

Tu consciencia, quizá, se habrá desdoblado —como escribió aquel alemán del siglo XIX— para volverse a agrupar en maneras diferentes o, al menos con suerte, estas palabras te habrán arrullado para tener un sueño exquisito. Enhorabuena. Uno vive resignado en la vida adulta a la estatura que tiene, a la voz con la que habla, pero no al corte y peinado de cabello. Tenemos la opción siempre de peinarnos diferente; pero no así la de cambiar esos peinados que en las fotografías de hace diez o viente años nos parecían esculpidos por Miguel Ángel. 

 

Las personas que aparecen a diario en un programa de televisión, en radio, en vivo a diario se enfrentan a diario a esos peinados del día anterior. Sí, están conscientes a diario de que aquello que digan y hagan podrá ser visto y escuchado de nuevo, en su contra o a su favor. 

 

Ellas padecen a diario la cachetada concientizadora. Ellas recuerdan más seguido y con claridad —como los viejos del portón— el momento de las nimias victorias. Ellas están conscientes de que no podrán cambiar aquello que dijeron e hicieron. Si fue algo desagradable, esa fue su última resignación. Si fue algo agradable, esa fue su última resignación. Si fue algo intermedio, esa fue su última resignación. 

 

 

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